
El prodigioso manejo del arco y el violín (la joya Stradivarius “Booth” de 1716) de Arabella Steinbacher y la claridad al piano de Peter von Wienhardt, inundaron el Teatro Principal de Alicante de puro lirismo que toca al alma. Una complicidad absoluta fundió el virtuosismo de Gershwin y Falla con la hondura dramática de Prokofiev, en una arquitectura impecable de sonidos cargados de emoción. La velada culminó en un éxtasis colectivo, con el público en pie celebrando una maestría que habita entre la delicadeza y el fuego pasional.
Arabella Steinbacher y Peter von Wienhardt oficiaron una ceremonia de complicidad absoluta que dejó al público suspendido en ese silencio reverencial que precede a las grandes ovaciones. Este dúo personifica una simbiosis artística excepcional, en el que la pureza de sonido y la elegancia lírica de la violinista se entrelazan con la versatilidad enciclopédica del pianista. Mientras ella, referente de la “aristocracia del violín”, equilibra la precisión alemana con una calidez emocional profundamente humana, él actúa como un arquitecto sonoro de técnica prodigiosa, capaz de orquestar desde el piano una paleta de colores inagotable. Juntos, fusionan el rigor de la tradición clásica con una inteligencia interpretativa superior generando diálogos magnético llenos de virtuosismo, complicidad y técnica, que alcanzan una dimensión sublime.
Desde los primeros compases de los arreglos de Heifetz sobre Porgy and Bess de Gershwin, la atmósfera se tiñó de un azul crepuscular. Steinbacher hizo que su Stradivarius susurrara un Summertime que parecía evaporarse como el vaho en el cristal, mientras Von Wienhardt sostenía cada nota con la precisión de quien conoce los secretos del jazz y la elegancia del salón. La transición hacia un American in Paris vibrante recordó que estos dos artistas no tocan juntos: respiran juntos.
La primera parte alcanzó cotas de intensidad excelsa con el perfume francés de Saint-Saëns. La Havanaise fue un despliegue de sensualidad técnica, seguida por un Rondo Capriccioso en el que el arco de Steinbacher desafió las leyes de la física. Pero fue con Falla cuando el público terminó de rendirse. En la Danza del fuego, el piano de Von Wienhardt se transformó en una percusión telúrica, evocando el duende de La vida breve con una fuerza que presagiaba lo que estaba por venir, dando soporte al violín de Arabella, que asumió el papel de hechicera sonora que hipnotizó a los asistentes con sus trinos hipnóticos, en un alarde de control de arco que generó una tensión eléctrica en el escenario con un “quejío” de profundas raíces flamencas.
La narrativa del drama
Tras el intermedio, el programa se adentró en la profundidad del ballet y la ópera, con arreglos exquisitos del propio Von Wienhardt. Los extractos de Romeo y Julieta de Prokofiev fueron una lección de narrativa musical. Desde la delicadeza de Julieta como una niña hasta la marcialidad imponente de los Montescos y Capuletos, el dúo dibujó con sonidos la tragedia de Verona.
Especialmente emotivo fue el homenaje al nombre de la propia violinista a través de la ópera Arabella de Strauss, en la que las líneas melódicas se entrelazaron con una dulzura casi dolorosa, para luego estallar en el vals de El caballero de la rosa, una danza de elegancia vienesa que hizo girar las lámparas del teatro. El cierre oficial, con el Adagio de Spartakus de Khachaturian y la frenética Danza del Sable, fue una exhibición de poderío y resistencia que arrancó los primeros “bravos” de la platea.
El público, ya entregado, no permitió que los artistas se retiraran sin más. La respuesta fue una ovación en pie, unánime y calurosa, que obligó a los intérpretes a regresar dos veces.
Primero, el aire se llenó del pulso urbano y nostálgico del Libertango de Piazzolla, con un violín intenso, fuerte y apasionado. Finalmente, como una caricia de despedida, un breve extracto de Arabella cerró el círculo de una noche perfecta.







