
El Teatro Principal de Alicante recibió a un trío de cámara formado por la pianista rusa Varvara, que piso el escenario con la familiaridad de quien vuelve a casa. Y es que esta visita, de la mano de la Sociedad de Conciertos de Alicante, marcaba su onceava vez en la ciudad desde su debut en 2014. A su lado, la violinista canadienese-estadounidense Christel Lee y el violonchelista finlandés-holandés Jonathan Rosean que miraban el patio de butacas con la concentración de su primera actuación en Alicante.
El concierto dio inicio con la intimidad solemne del Nocturno en Mi bemol mayor, Op. 148 D. 897, de Franz Schubert, también conocido como Adagio. Esta obra es una joya de lirismo puro. Varvara, con una pulsación cristalina, estableció un diálogo melancólico con el arco profundo de Rosean, mientras Lee aportaba las frases intermedias como tacto de seda. Fue un comienzo etéreo, una invitación a la quietud emocional. A continuación, se adentraron en el Trío n.º 1 en Si bemol mayor, D. 898, también del mismo compositor, una de las cumbres del repertorio de cámara. El Allegro moderato se desplegó con una naturalidad melódica asombrosa, con un brillo optimista que el trío supo equilibrar con la necesaria introspección. El Andante un poco mosso fue el corazón palpitante de la primera parte: un canto lento y sostenido en el que la interacción entre el violín y el violonchelo, arropados por el inconfundible arpegio de piano de Schubert, resultó profundamente conmovedor. El Scherzo aportó ligereza y un juego rítmico elegante, antes de desembocar en el Rondo. Allegro vivace, un torrente de alegría y virtuosismo.
Tras el intermedio, la atmósfera cambió por completo para sumergirnos en un monográfico de Ludwig van Beethoven con el titánico Trío para piano en Si bemol mayor, Op. 97, universalmente conocido como el Trío Archiduque. Esta obra, dedicada al Príncipe Rodolfo de Austria y considerada la cumbre del género, exigió no solo técnica, sino una profunda comprensión estructural y filosófica. El trío la abordó con la maestría que se espera de un conjunto de este calibre. Desde el majestuoso primer tema del Allegro moderato, se estableció el tono: nobleza y amplitud. Varvara, lejos de ser solo la acompañante, lideró con una arquitectura sonora robusta y clara, permitiendo que Rosean y Lee tejieran sus líneas con una expresividad vibrante y sin fisuras. El Scherzo. Allegro fue un despliegue de energía rítmica, un diálogo rápido e ingenioso ejecutado con precisión milimétrica. El Andante cantabile ma però con moto fue la cumbre emocional de la noche. Se trata de un pasaje con variaciones de una belleza casi religiosa, interpretado con una ternura y una profundidad que silenció el teatro. La pureza del violín de Lee, la calidez meditativa del violonchelo de Rosean y la serenidad del piano de Varvara se fusionaron en un momento de éxtasis musical. El Allegro moderato final, con su repentina explosión de luz, culminó la obra con una euforia controlada, dejando en el aire la sensación de haber presenciado algo verdaderamente trascendente.
La ovación fue prolongada y entusiasta, un merecido reconocimiento al equilibrio y la sensibilidad demostrada por el trío. Varvara, Rosean y Lee se despidieron del público alicantino, con un precioso bis: el tercer movimiento de un trío de Schubert, un Scherzo: Allegro moderato.







