
Por sexta vez, el Cuarteto Belcea (Corina Belcea, Suyeon Kang, Krzysztof Chorzelski y Antoine Lederlin) regresó al Teatro Principal de Alicante invitada por la Sociedad de Conciertos de Alicante, no solo para interpretar, sino para tejer con sus arcos un mapa sonoro de fascinante y luminoso. Con la delicadeza de un susurro y la energía de un trueno, su música se alzó como un puente de virtuosismo y arte entre la serena perfección de la era clásica y la agitación expresionista de la vanguardia, demostrando, una vez más, por qué son considerados una luz en el firmamento de la música de cámara.
Krzysztof Chorzelski abrió la actuación agradeciendo la invitación para actuar en Alicante y para anunciar un cambio en el programa: en la primera parte tocarían el Cuarteto de cuerdas n.º 19 en Do mayor, K. 465 “Dissonance”, de Mozart, prevista para la segunda parte, y los Cinco movimientos para cuarteto de cuerdas, Op. 5, de Webern, mientras que después del descanso tocarían Cuarteto de cuerdas n.º 2 en Do mayor, Op. 36, de Britten.
El concierto se inauguró con el majestuoso, audaz e impactante Cuarteto de cuerdas No. 19 en Do mayor, K. 465 “Dissonance”, de Mozart. Desde el enigmático Adagio inicial, con su célebre y sutil ambigüedad armónica que parece buscar a tientas la luz, el virtuoso Cuarteto Belcea capturó la esencia dramática y profunda de la obra. La transición al Allegro fue un torrente de claridad y diálogo mozartiano, ejecutado con una pulcritud cristalina. El Andante cantabile fluyó con ternura expresiva, mientras que el Menuetto y el Allegro molto final irradiaron la vitalidad y el equilibrio que caracterizan su enfoque del repertorio clásico.
A continuación, la atmósfera se transformó radicalmente con los Cinco movimientos para cuarteto de cuerdas, Op. 5, de Webern. En esta obra, el Cuarteto Belcea exhibió su versatilidad, sumergiéndose en el mundo de la concisión expresionista. Los movimientos, breves como aforismos y punzantes como dagas (Heftig bewegt, Sehr langsam, Sehr bewegt, Sehr langsam, In zarter Bewegung), fueron esculpidos con una precisión quirúrgica, cada nota y cada silencio poseían una intensidad dramática abrumadora.
La magistral interpretación de las dos piezas realzó el contraste entre la calidez clásica y la vanguardia vienesa fue un golpe de efecto genial en la programación.
La gran chacona británica
Tras el intermedio, la emotividad alcanzó su cénit con el Cuarteto de cuerdas n.º 2 en Do mayor, Op. 36, de Britten. Dedicada al 250 aniversario de la muerte de Henry Purcell. Esta obra es un monumento de la música británica. El Allegro calmo, senza rigore inicial se desarrolló con una serena y melancólica belleza, teñida de un lirismo que el cuarteto supo manejar con exquisita sobriedad.
El virtuosismo y la pasión se desataron en el Vivace, un Scherzo chispeante y rítmico, en el que Corina Belcea y sus compañeros demostraron una perfecta sincronización y una energía contagiosas. Pero fue en el movimiento final, la monumental Chacony: Sostenuto, donde el cuarteto brindó un momento de trascendencia infinita, definiendo con precisión y arte unas variaciones de una complejidad emocional y técnica asombrosas. La intensidad creció inexorablemente, desde un murmullo inicial hasta un clímax abrumador y, finalmente, un descenso a una calma etérea. Fue una interpretación conmovedora que honró la profundidad estructural y emocional de la obra de Britten.
El público, que había seguido este viaje sonoro con asombro, irrumpió en una calurosa y prolongada ovación que se sintió como un abrazo de gratitud. Ante el entusiasmo de los asistentes, el Cuarteto Belcea regresó para el esperado obsequio como colofón a una noche memorable. Interpretaron el tercer movimiento del Cuarteto de Cuerda n,º 16 en La mayor Op. 135 (assai lento), de Beethoven, el corazón emocional de la obra, un regalo de calma y profundidad para el alma.







