
El Teatro Principal de Alicante se rindió anoche ante el virtuosismo y la profunda compenetración de dos estrellas emergentes de la música clásica: la violinista coreana Bomsori y el pianista polaco Rafal Blechacz. En un evento organizado por la prestigiosa Sociedad de Conciertos de Alicante, la pareja ofreció un recital espectacular que navegó con elegancia y fuerza desde el clasicismo vienés hasta el corazón del Romanticismo polaco.
La primera parte del programa fue un testimonio de la claridad y el rigor de la era clásica, pero con una ejecución llena de vida. Comenzaron con la Sonata para violín n.º 17 en Do mayor K 296, de Mozart. La interpretación fue precisa, destacando la conversación íntima entre ambos instrumentos. Bomsori, con un sonido cristalino y ligero, y Blechacz, con una articulación pulcra, capturaron la gracia juvenil del Allegro vivace inicial y la serena belleza del Andante sostenuto.
La atmósfera cambió drásticamente con la llegada de Beethoven y su imponente Sonata para violín n.º 7 en Do menor, Op. 30, n.º 2. Aquí, la química de los artistas brilló con intensidad dramática. El Allegro con brio de apertura fue ejecutado con una energía implacable, contrastando con la conmovedora liricidad del Adagio cantabile. La complicidad entre Bomsori y Blechacz se hizo palpable en el juguetón y rítmico Scherzo y, finalmente, en el Finale apasionado y tempestuoso que cerró la primera mitad con una gran ovación.
El alma polaca: de Paderewski a Szymanowski
Tras el intermedio, el público fue transportado a la rica tradición musical de Polonia, país de origen de Blechacz. La columna vertebral de la segunda parte fue la Sonata para violín en La menor, Op. 13 de Ignacy Jan Paderewski. Esta obra, menos conocida pero de enorme calidez romántica, permitió a Bomsori desplegar un sonido más carnoso y vibrante. El Allegro con fantasia mostró un lirismo desbordante, mientras que el Intermezzo. Andantino fue abordado con una dulzura melancólica. Blechacz proporcionó un acompañamiento de textura orquestal, robusto pero siempre sensible a la melodía del violín. Fue sin duda la pieza más redonda de la noche.
El momento más intenso de la noche llegó con la arrebatadora Nocturno y tarantella, Op. 28, de Szymanowski. Esta pieza es un torbellino de colores y virtuosismo. El Nocturno cautivó al público con su atmósfera exótica y etérea, mientras que la Tarantella alcanzó danza frenética y espectacular. Ambos intérpretes se lanzaron a la pieza con una audacia y precisión técnica asombrosa, llevando el pulso del público al límite.
La ovación fue prolongada y llena de calor, un merecido reconocimiento a una noche de música celestial. Ambos correspondieron el entusiasmo con dos bises: una interpretación para la historia del Nocturno C sharp minor, de Chopin y Syncopation, del compositor estadounidense, de origen austríaco, Fritz Kreisler.







