
El Teatro Principal de Alicante se convirtió en un escenario donde la música y la sensibilidad humana se fundieron en un abrazo necesario. Javier Perianes, uno de los pianistas españoles más laureados y queridos en el circuito internacional, regresaba a la programación de la Sociedad de Conciertos de Alicante en una velada que, antes de la primera nota, ya estaba marcada por la emoción. El presidente de la Fundación Sociedad de Conciertos, Alfonso Ramón-Borja, tomó la palabra de forma breve pero sentida para recordar a las víctimas del trágico accidente ferroviario ocurrido en Adamuz (Córdoba). Sus palabras de consuelo dieron paso a un respetuoso minuto de silencio que envolvió el patio de butacas en una atmósfera de solemne comunión, dedicando formalmente el recital a la memoria de los fallecidos.
Una vez que la música tomó el protagonismo, Perianes planteó una primera parte del programa sumamente inteligente y evocadora, diseñada como un juego de espejos entre Manuel de Falla y Frédéric Chopin. En lugar de ofrecer bloques cerrados, el pianista onubense intercaló piezas de ambos genios, trazando puentes entre la melancolía polaca y el nocturnismo español. La velada comenzó con el Nocturno de Falla para fundirse casi sin pausa con el Nocturno Op. 27 n.º 2 de Chopin, permitiendo al espectador descubrir las raíces comunes de su lirismo. Este diálogo prosiguió con las Mazurkas, en las que el ritmo popular se elevó a la categoría de alta poesía, y continuó con la Serenata Andaluza y el Vals en La menor, piezas en las que Perianes exhibió su ya famosa paleta de colores y una pulsación cristalina. El cierre de este primer bloque, con la Canción de Falla y la célebre Berceuse de Chopin, dejó al público en un estado de recogimiento absoluto.
Tras el intermedio, el recital abandonó la intimidad de los nocturnos para zambullirse en la explosión de color y ritmo de la música española. Perianes inició la segunda parte con las Cuatro Piezas Españolas de Falla, realizando un recorrido geográfico y emocional que fue desde la brillantez de la Aragonesa y el aire cadencioso de la Cubana hasta la profundidad de la Montañesa y el nervio de la Andaluza. Fue una exhibición de poderío rítmico y control dinámico que sirvió como el preámbulo perfecto para el gran desafío de la noche: una selección de la suite Iberia de Isaac Albéniz.
El pianista cerró su intervención con cuatro de las joyas más exigentes del repertorio pianístico universal. Con Evocación, El Polo, Almería y Triana, Perianes no solo demostró un virtuosismo técnico fuera de toda duda, sino una comprensión profunda de la luz y el duende que habitan en estas partituras. Triana, en particular, supuso un broche de oro vibrante que hizo estallar al Teatro Principal en una ovación cerrada. A la que el pianista respondió con dos bises llenos de genio, capacidad técnica y pasión: Sevilla, Op. 47, pieza que forma parte de la Suite Española de Albéniz, y un superlativo Nocturno en do sostenido menor, Op. póstumo, de Chopin.







