
Juan Floristán es un gran pianista con un carisma que desborda su faceta artística, como es fácil de apreciar en las entrevistas que le hacen en los programas de Prime Time. Su regreso al Teatro Principal de Alicante invitado de nuevo por la Sociedad de Conciertos de Alicante (es su segunda visita) despertó la mayor expectación de lo que va de temporada, con público llegado de numerosas poblaciones de la provincia y de los territorios aledaños, que querían escuchar a uno de los pianistas con más proyección internacional de su generación, que destaca por su intensidad, profundidad y sentimiento, con un rango armónico impecable y por su capacidad para dejar su impronta en cada obra que interpreta.
Floristán dedicó unas bonitas palabras de recuerdo y el maravilloso bis a Rafael Beltrán, que fue durante más de cincuenta años secretario y programador de la Sociedad, en un gesgto que le honra.
La velada se convirtió en una senda emocional e intelectual de la mano del pianista sevillano Juan Floristán, en un concierto que mucha gente recordará en una sala que respiraba expectación, Floristán desplegó un programa que confrontaba el refinamiento impresionista francés con el arrebato romántico y clásico-romántico alemán, demostrando una versatilidad técnica y una madurez interpretativa asombrosas.
La primera mitad estuvo dedicada íntegramente a Maurice Ravel, iniciando con la delicadeza geométrica de la Sonatine. Floristán abordó el Modéré con una claridad cristalina y un toque ligero, dibujando las líneas melódicas con una sutil elegancia. El Mouvement de Menuet fluyó con ese aire nostálgico y estilizado propio del compositor, preparando el ambiente para el vibrante y preciso Animé final, ejecutado con vivacidad rítmica.
A continuación, el público se sumergió en el universo sonoro de Miroirs, donde el pianista alcanzó cotas de expresividad poética. En Noctuelles (“Polillas”), la partitura se deshizo en una bruma sonora, con arpegios y trinos que revoloteaban con etérea ligereza. Oiseaux tristes (“Pájaros tristes”) fue un ejercicio de contención melancólica, mientras que en Une barque sur l’océan (“Una barca en el océano”), el teclado se transformó en un oleaje hipnótico, con texturas líquidas y envolventes.
El punto álgido de Ravel llegó con la incandescente Alborada del gracioso, donde Floristán hizo gala de un virtuosismo deslumbrante. El ritmo de danza española fue implacable, las notas se sucedieron a velocidad de vértigo y los contrastes dinámicos crearon un drama teatral en miniatura. Finalmente, La vallée des cloches (“El valle de las campanas”) ofreció un remanso de paz, cerrando la primera parte con la resonancia profunda de una atmósfera contemplativa y misteriosa. El aplauso del público fue atronador.
De los aleteos al arrebato
Tras el intermedio, el ambiente se tornó decididamente germano, con el tránsito del lirismo a la intensidad dramática. Floristán regresó al escenario para interpretar Papillons, Op. 2 de Robert Schumann. La suite de doce piezas breves fue presentada como una sucesión de cuadros fugaces, capturando la imaginación carnavalesca y la fragilidad emocional. Desde el Moderato inicial hasta el Finale que evocó el toque de campanas de medianoche, el pianista exploró con maestría los cambios de carácter, desde la dulzura melancólica hasta el brío de la polonesa y el Prestissimo de los valses. La interpretación fue un torrente de sensibilidad.
El cierre del programa, y la cumbre emocional de la noche, fue la Sonata para piano n.º 23 en Fa menor, Op. 57, “Appassionata” de Beethoven. Esta obra, monumento de la literatura pianística, fue abordada con una pasión y una fuerza casi telúricas. La apertura se desplegó con dramatismo, con una arquitectura sonora firme y la tensión sostenida hasta el límite. El Andante con moto ofreció un breve y solemne respiro, un conjunto de variaciones ejecutadas con una profundidad serena, ligando con sutileza las voces de la partitura. Pero fue en el Attacca que condujo sin pausa al Allegro, ma non troppo – Presto final, donde Floristán desató toda la furia contenida. El torbellino del Presto fue un ejercicio de técnica superlativa y expresión desbordada, culminando en un final apoteósico que levantó al público en una ovación cerrada.
Floristán, visiblemente emocionado, obsequió a los asistentes con un bis con dedicatoria a Rafael Beltrán: la obra fue una delicada y sentida interpretación de Le Sapin, de Sibelius.
A continuación salió al hall para encontrarse con sus numerosos seguidores y firmar cd’s. un cierre perfecto para una noche redonda.






