
La atmósfera en el Teatro Principal se sentía distinta durante esta cita de la Sociedad de Conciertos de Alicante para vivir una inmersión en la trilogía final de las sonatas de Beethoven. La pianista Varvara, reconocida por su capacidad para esculpir el sonido con una introspección casi mística, fue la guía de este viaje hacia el silencio final del genio de Bonn, abordando las monumentales Op. 109, 110 y 111 con una entrega absoluta.
Las últimas sonatas de Beethoven son un testamento espiritual que busca la trascendencia, transitando desde el lirismo íntimo hasta la paz metafísica. En este recital, Varvara recreó este viaje iniciático como una experiencia litúrgica, traduciendo con maestría el mapa de redención del genio alemán. Su interpretación unió la profundidad contemplativa con una técnica impecable y lúcida, elevando la armonía hacia una dimensión espiritual transformadora.
El concierto comenzó con la Sonata núm. 30 en Mi mayor, Op. 109, en la que Varvara demostró un control técnico magistral del legato. En el primer movimiento, la intérprete manejó los cambios bruscos entre el Vivace y el Adagio como suspiros naturales de la obra. El clímax llegó en el tercer movimiento, un tema con variaciones en las que la melodía flotó sobre un acompañamiento cada vez más complejo, culminando en unos trinos finales que parecían desintegrar la materia sonora en el aire del teatro.
Sin apenas pausa, la música fluyó hacia la Sonata núm. 31 en La bemol mayor, Op. 110, considerada quizás la más emocional de las tres. Varvara brilló especialmente en la arquitectura de la Fuga final, un desafío técnico con melodías independientes que se entrelazan con vigor. Su claridad fue asombrosa, permitiendo al público seguir cada voz dialogando entre sí, alternando con un Arioso dolente que la pianista interpretó con una contención conmovedora.
Tras el intermedio, el escenario se quedó pequeño ante la magnitud de la Sonata núm. 32 en do menor, Op. 111, una obra de solo dos movimientos que representa la lucha terrenal y la paz eterna. Varvara atacó el Maestoso inicial con energía, enfrentándose a una estructura fugada llena de saltos técnicos y momentos que ejecutó con precisión quirúrgica. La pianista transmitió con éxito esa sensación de fuerza contenida y rigor intelectual que define al Beethoven más maduro.
El corazón del concierto fue la Arietta del segundo movimiento, en el que Beethoven parte de una melodía simple para someterla a variaciones de una complejidad rítmica desafiante. Fue fascinante observar cómo Varvara ejecutó las famosas síncopas de la tercera variación manteniendo un pulso mecánico perfecto mientras la música saltaba de alegría. El final fue un ejercicio de virtuosismo total con la pianista acariciando los trinos infinitos, dotándolos de la fragilidad del último aliento
El público recompensó el gran esfuerzo de la pianista con una prolongada y calurosa ovación. Varvara les regaló un extraordinario bis: Jesús, alegría de los hombres (Jesus bleibet meine Freude), el décimo movimiento de la cantata Herz und Mund und Tat und Leben, BWV 147 del compositor alemán Johann Sebastian Bach.







